Año 1995, corrían rumores sobre un nuevo formato de video
que reemplazaría al vetusto VHS, años después acabaría exterminado de los
comercios en pos de un nuevo y mejorado sistema llamado DVD.
La persona que nos entraña en este momento se llama Max,
trabaja en el videoclub “Mírame la Palomita” y es aficionado a las películas de
ciencia ficción y de aventuras, además de al vino blanco barato.
Max acude a su puesto de trabajo, que más que un trabajo
para él es el lugar donde alimentar sus sueños. De camino a él debatía para sí
mismo cual sería la siguiente película que vería en la pequeña televisión que
tiene sobre la estantería, rodeada de posters de nuevas y antiguas películas. Pasando
de largo el único cine de su pueblo que siempre le produce una leve sonrisa al
verlo, decidió que vería Los Goonies por enésima vez, nunca se cansaba de escuchar
a Slothy pedir chocolatinas en ese tugurio húmedo.
Abre la puerta, pone el cartel de “OPEN” con forma de cinta
de vídeo y entra al “Mírame la Palomita”.
Allí dentro hay una mezcla de olores, a plástico de las cintas VHS, a aparatos
electrónicos como la televisión, el reproductor de vídeo…
Antes de sentarse en lo que para Max es su butaca privada de
cine y no porque no lo sea, porque efectivamente es una butaca. Casualmente alguien
cogió una butaca mientras montaban un nuevo cine en su pueblo, que además está
en el trayecto desde su casa, al videoclub. Max no se explica cómo alguien
podría haber hecho algo así.
Busca la película elegida para aquella mañana de cine de
aventuras, saca la cinta su caja sonando ese “clac” al abrirlo, de él emana
aquel olor característico, cómo si en el sótano de una casa hubieran dejado el
cuerpo de un hombre durante días y la puerta al abrirla hiciera “clac”.
Enciende la televisión, presiona en el mando el botón AV e introduce la cinta
en el reproductor. Se sienta en su butaca y presiona el PLAY dispuesto a
disfrutar de la familia Goonie.
En este exacto momento algo le recorre por la espalda a Max
hasta llegar a su cara y sentir un gran calor en toda ella. Lo que veía en la
pantalla no era el comienzo de una gran mañana de aventuras dirigida por Steven
Spielberg, era el final de aquella aventura.
Esta era la eterna lucha entre el chico del videoclub y sus
clientes, rebobinar o no rebobinar aquellas cintas. Aquel letrero enorme que
Max había puesto en su videoclub que decía “Es de ser nacido, ser rebobinado”
con el dibujo de una cinta llorando, parece que no había hecho mella en el
corazón de sus clientes.
Buscó la última persona que había alquilado aquella película
para engrosar la lista negra del “Mírame la Palomita”, a veces pensaba sobre la
posibilidad de que aquella lista negra fuera más grande que el número de
clientes que tenía el videoclub.
Y ahí estaba, no podía haber aparecido otro nombre, era Tom
Hansen. La buena noticia era que la lista no se alargaría ya que aquel nombre la
encabezaba y aparecía subrayadado en fosforescente, exclamado y señalado con
flechas en todas y cada una de sus letras como se merece alguien que no había
rebobinado una película en su vida. Únicamente en una ocasión, porque se quedó
dormido y el video la rebobinó por él. Tom se preocupó en contárselo a Max
cuando este fue a devolverla.






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