Unos días después del daño perpetrado por Tom en sus
intentos de mancillar el buen nombre del “Mírame la Palomita”, Max hacía el
mismo ritual desde su casa hasta el videoclub, pero esta vez presentía que algo
sucedería ese día, creía que un mal acechaba en los al rededores de su
establecimiento, tenía la total seguridad de que algo lo enturbiaría, que sería
un día gris para el videoclub. Luego acabó el día y no ocurrió nada, únicamente
unos nubarrones sí que lo tornaron gris, así que se sintió orgulloso de su
vaticinio.
Pero al día siguiente sonó el “clink” de la puerta al entrar
un cliente y ahí estaba él, con mirada de hielo, mentón alto, sonrisa burlesca
y esa aura invisible que le rodeaba, como si de Goku en plena transformación se
tratara.
–Max, ¿Cuándo vas a quitar esa horrible
pancarta con un video llorando? Cada vez que entro se me encoje el corazón –Puso
su mano en el lado equivocado al corazón.
–Yo sé que para ti es complicado leerla, no
voy a ser yo quien vaya señalando las palabras con el dedo para que tengas una
leve posibilidad de entenderlo.
Tom se paseaba por las secciones con gesto de desaprobación
al ir mirando las películas mientras soltaba pequeños bufidos.
–He escuchado que estos videos dentro de poco
no servirán de nada. Parece ser que van a sacar un mejor formato, uno digital.
–Claro, como tantos otros que dijeron que iban
a sacar, ¿y tú los has visto?
Tom lo miró levantando una ceja, aquellas cejas pobladas ponían
en entredicho la ley de la gravedad al conseguir levantarlas. Eligió una película
y la puso sobre la mesa.
–Ten cuidado, no vaya a ser la última que se
pueda alquilar aquí –Dijo mientras
mantenía su mano apoyada sobre ella–. Se repite la historia del CD, tu siendo
tan defensor de lo clásico, espero que esta vez caigas ante la evidencia.
Max hizo los trámites y puso la mejor sonrisa falsa que
podía crear a su estimado cliente, manteniéndola aun cuando él cruzaba el
umbral de la puerta.
Aquel día Max tuvo la visita de lo que para él era su alter
ego, Alice. Alice trabaja en una tienda de
discos y es una enamorada, al igual que Max, de los sistemas analógicos, se la
suele ver por el pueblo con un Walkman enganchado a su cintura mientras canta
por la calle a grito limpio.
Alice hizo aparición en el videoclub, cómo no, con su
Walkman y su manera de andar, como dando saltitos en vez de pasos, dándole un efecto
en su pelo al caminar de movimiento.
–¿Qué pasa Max? ¿A qué viene esa cara? –Dijo a
gritos al hablar mientras escuchaba música.
–A mí también me sorprende que no hayan
inventado algo para cambiármela, tan listos para unas cosas…
Alice tenía la costumbre de rebuscar entre las cintas en
busca de esa película que le transmitiera, como ella lo llamaba, “el flechazo”
y bien se podía pasar horas removiéndolas, dándole luego a Max el trabajo de
irlas recolocando detrás de ella.
–Alice, sabes que al final no te llevarás
ninguna de estas.
–Ya, pero ¿qué sería de ti si no estuviera yo
para removerlas? –Le dijo mientras le ponía la mano en el hombro a Max–. Además,
tengo que hacer el paripé por un rato hasta finalmente coger las que a mí me
gustan, yo soy una señorita.
Alice nunca encontraba ese “flechazo” y acababa en la
sección X del videoclub, donde la inspiración le llegaba enseguida, ella lo
llamaba “el gran flechazo” mientras enseñaba a Max el maromo que salía en
portada diciendo “¡Mira que gran flechazo tiene!”.






