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Capítulo 2: Una mala y una buena visita



Unos días después del daño perpetrado por Tom en sus intentos de mancillar el buen nombre del “Mírame la Palomita”, Max hacía el mismo ritual desde su casa hasta el videoclub, pero esta vez presentía que algo sucedería ese día, creía que un mal acechaba en los al rededores de su establecimiento, tenía la total seguridad de que algo lo enturbiaría, que sería un día gris para el videoclub. Luego acabó el día y no ocurrió nada, únicamente unos nubarrones sí que lo tornaron gris, así que se sintió orgulloso de su vaticinio.

Pero al día siguiente sonó el “clink” de la puerta al entrar un cliente y ahí estaba él, con mirada de hielo, mentón alto, sonrisa burlesca y esa aura invisible que le rodeaba, como si de Goku en plena transformación se tratara.
       –Max, ¿Cuándo vas a quitar esa horrible pancarta con un video llorando? Cada vez que entro se me encoje el corazón –Puso su mano en el lado equivocado al corazón.
      –Yo sé que para ti es complicado leerla, no voy a ser yo quien vaya señalando las palabras con el dedo para que tengas una leve posibilidad de entenderlo.
Tom se paseaba por las secciones con gesto de desaprobación al ir mirando las películas mientras soltaba pequeños bufidos.
      –He escuchado que estos videos dentro de poco no servirán de nada. Parece ser que van a sacar un mejor formato, uno digital.
      –Claro, como tantos otros que dijeron que iban a sacar, ¿y tú los has visto?
Tom lo miró levantando una ceja, aquellas cejas pobladas ponían en entredicho la ley de la gravedad al conseguir levantarlas. Eligió una película y la puso sobre la mesa.
      –Ten cuidado, no vaya a ser la última que se pueda alquilar aquí  –Dijo mientras mantenía su mano apoyada sobre ella–. Se repite la historia del CD, tu siendo tan defensor de lo clásico, espero que esta vez caigas ante la evidencia.
Max hizo los trámites y puso la mejor sonrisa falsa que podía crear a su estimado cliente, manteniéndola aun cuando él cruzaba el umbral de la puerta.

Aquel día Max tuvo la visita de lo que para él era su alter ego, Alice. Alice trabaja en una tienda  de discos y es una enamorada, al igual que Max, de los sistemas analógicos, se la suele ver por el pueblo con un Walkman enganchado a su cintura mientras canta por la calle a grito limpio.
Alice hizo aparición en el videoclub, cómo no, con su Walkman y su manera de andar, como dando saltitos en vez de pasos, dándole un efecto en su pelo al caminar de movimiento.
      –¿Qué pasa Max? ¿A qué viene esa cara? –Dijo a gritos al hablar mientras escuchaba música.
      –A mí también me sorprende que no hayan inventado algo para cambiármela, tan listos para unas cosas…
Alice tenía la costumbre de rebuscar entre las cintas en busca de esa película que le transmitiera, como ella lo llamaba, “el flechazo” y bien se podía pasar horas removiéndolas, dándole luego a Max el trabajo de irlas recolocando detrás de ella.
      –Alice, sabes que al final no te llevarás ninguna de estas.
      –Ya, pero ¿qué sería de ti si no estuviera yo para removerlas? –Le dijo mientras le ponía la mano en el hombro a Max–. Además, tengo que hacer el paripé por un rato hasta finalmente coger las que a mí me gustan, yo soy una señorita.
Alice nunca encontraba ese “flechazo” y acababa en la sección X del videoclub, donde la inspiración le llegaba enseguida, ella lo llamaba “el gran flechazo” mientras enseñaba a Max el maromo que salía en portada diciendo “¡Mira que gran flechazo tiene!”.

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Capitulo 1: El rebobinar es un placer



Año 1995, corrían rumores sobre un nuevo formato de video que reemplazaría al vetusto VHS, años después acabaría exterminado de los comercios en pos de un nuevo y mejorado sistema llamado DVD.

La persona que nos entraña en este momento se llama Max, trabaja en el videoclub “Mírame la Palomita” y es aficionado a las películas de ciencia ficción y de aventuras, además de al vino blanco barato.

Max acude a su puesto de trabajo, que más que un trabajo para él es el lugar donde alimentar sus sueños. De camino a él debatía para sí mismo cual sería la siguiente película que vería en la pequeña televisión que tiene sobre la estantería, rodeada de posters de nuevas y antiguas películas. Pasando de largo el único cine de su pueblo que siempre le produce una leve sonrisa al verlo, decidió que vería Los Goonies por enésima vez, nunca se cansaba de escuchar a Slothy pedir chocolatinas en ese tugurio húmedo.

Abre la puerta, pone el cartel de “OPEN” con forma de cinta de vídeo  y entra al “Mírame la Palomita”. Allí dentro hay una mezcla de olores, a plástico de las cintas VHS, a aparatos electrónicos como la televisión, el reproductor de vídeo…

Antes de sentarse en lo que para Max es su butaca privada de cine y no porque no lo sea, porque efectivamente es una butaca. Casualmente alguien cogió una butaca mientras montaban un nuevo cine en su pueblo, que además está en el trayecto desde su casa, al videoclub. Max no se explica cómo alguien podría haber hecho algo así.

Busca la película elegida para aquella mañana de cine de aventuras, saca la cinta su caja sonando ese “clac” al abrirlo, de él emana aquel olor característico, cómo si en el sótano de una casa hubieran dejado el cuerpo de un hombre durante días y la puerta al abrirla hiciera “clac”. Enciende la televisión, presiona en el mando el botón AV e introduce la cinta en el reproductor. Se sienta en su butaca y presiona el PLAY dispuesto a disfrutar de la familia Goonie.

En este exacto momento algo le recorre por la espalda a Max hasta llegar a su cara y sentir un gran calor en toda ella. Lo que veía en la pantalla no era el comienzo de una gran mañana de aventuras dirigida por Steven Spielberg, era el final de aquella aventura.
Esta era la eterna lucha entre el chico del videoclub y sus clientes, rebobinar o no rebobinar aquellas cintas. Aquel letrero enorme que Max había puesto en su videoclub que decía “Es de ser nacido, ser rebobinado” con el dibujo de una cinta llorando, parece que no había hecho mella en el corazón de sus clientes.

Buscó la última persona que había alquilado aquella película para engrosar la lista negra del “Mírame la Palomita”, a veces pensaba sobre la posibilidad de que aquella lista negra fuera más grande que el número de clientes que tenía el videoclub.

Y ahí estaba, no podía haber aparecido otro nombre, era Tom Hansen. La buena noticia era que la lista no se alargaría ya que aquel nombre la encabezaba y aparecía subrayadado en fosforescente, exclamado y señalado con flechas en todas y cada una de sus letras como se merece alguien que no había rebobinado una película en su vida. Únicamente en una ocasión, porque se quedó dormido y el video la rebobinó por él. Tom se preocupó en contárselo a Max cuando este fue a devolverla.

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Historias de VHS Man, El Héroe Analógico


Este es el blog de VHS Man, sus historias serán escritas en este lugar y quedará constancia de sus grandes azañas como defensor de la época analógica.

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